El VAR y la muerte del caos hermoso
El VAR llegó para eliminar los errores arbitrales evidentes. Lo que nadie previó es que junto con los errores se llevaría también la espontaneidad, la incertidumbre y parte de la emoción que hacen al fútbol único.

El Video Assistant Referee fue presentado como la solución a uno de los problemas más antiguos del fútbol: los errores arbitrales que cambian resultados. La lógica era impecable. La tecnología existe, está disponible, permite corregir injusticias en tiempo real. ¿Por qué no usarla?
Lo que esa lógica no contempló es que el fútbol no es un ejercicio de justicia. Es un espectáculo de emociones. Y la emoción no sobrevive bien a la revisión.
Lo que el VAR prometió
La promesa era clara: eliminar los goles en offside inexistentes, las manos involuntarias cobradas como penales, las expulsiones por simulación, los goles fantasma. Errores que en décadas anteriores habían decidido mundiales y finales de Champions. Nadie puede argumentar honestamente que esos errores eran buenos.
Y en ese objetivo específico, el VAR ha tenido éxito parcial. Los errores más groseros se corrigen. Los goles fantasma ya no existen. Las simulaciones se penalizan más frecuentemente.
Lo que el VAR se llevó
El problema es lo que se perdió en el proceso. El gol es el momento más emocional del fútbol. Es el instante en que noventa minutos de tensión acumulada se liberan en un segundo de euforia colectiva. Ese momento ahora tiene una advertencia: esperá a que confirmen si vale.
La celebración interrumpida es el símbolo más claro del daño. Jugadores que no saben si festejar. Hinchas que gritan a medias. Estadios que esperan mirando la pantalla gigante. La emoción en suspenso no es emoción: es ansiedad.
Pero hay algo más profundo. El VAR creó la ilusión de que el fútbol puede ser perfectamente justo. Y al crear esa ilusión, elevó la tolerancia cero a los errores. Cada decisión que el VAR no revierte se convierte en una controversia. Cada revisión que tarde más de lo esperado genera sospecha. El arbitraje no mejoró su reputación con el VAR: la empeoró, porque ahora tiene más responsabilidad y más escrutinio.
El offside del centímetro
El caso más absurdo es el offside milimétrico. La tecnología permite determinar si el hombro de un jugador estaba 2 centímetros adelantado en el momento exacto del pase. ¿Es eso fútbol? ¿Fue diseñada la regla del offside para invalidar goles por diferencias que el ojo humano no puede detectar?
La regla del offside existe para evitar que los delanteros se queden esperando pelotas cerca del arco. Un jugador 2 centímetros adelantado no tiene ninguna ventaja deportiva. Pero el VAR lo anula con la misma seriedad con la que anularía un gol con el delantero diez metros adelantado.
¿Hay solución?
Probablemente no hay marcha atrás. Pero sí hay ajustes posibles: limitar el VAR a errores claros y manifiestos, introducir un margen de incertidumbre en el offside, reducir los tiempos de revisión. El objetivo debería ser corregir injusticias evidentes, no alcanzar una precisión milimétrica que ningún deporte de equipo puede ni debe alcanzar.
El fútbol era hermoso en parte porque era caótico. El VAR no mató el fútbol. Pero le quitó algo que no era un defecto: era parte de su alma.
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