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Amistosos pre Mundial: el partido que no importaba le costó todo a Abde

Abde se lesionó en un amistoso sin valor cuando su propio compañero le cayó encima en la rodilla. El caso reabre el debate sobre los partidos de preparación previos al torneo más importante del planeta.

Ezequiel Enrique·jueves, 11 de junio de 2026·7 min read · 1317 palabras
Amistosos pre Mundial: el partido que no importaba le costó todo a Abde

Hay partidos que no sirven para nada. No cambian ninguna tabla, no clasifican a nadie, no dejan nada en la historia. Son partidos que existen porque el sistema necesita que existan: para llenar una fecha FIFA, para que un entrenador pruebe un esquema que ya tiene definido, para que los patrocinadores vean su logo en la camiseta durante 90 minutos más. Marruecos jugó uno de esos partidos el 7 de junio. Empató 1-1 con Noruega en Harrison, Nueva Jersey. Y en una jugada de córner, sin mala intención, sin nada épico, su propio compañero Chadi Riad le cayó encima en la rodilla a Abdessamad Ezzalzouli. Seis días antes del debut contra Brasil, Marruecos perdió a uno de sus jugadores más determinantes. El partido no importaba. La lesión, sí.

Un córner, una rodilla, un sueño roto

Abde tiene 24 años. Es extremo izquierdo del Real Betis, uno de los jugadores más desequilibrantes de LaLiga en la temporada 2025-26: 10 goles, 8-9 asistencias en algo más de 2.200 minutos. Velocidad explosiva, regate en espacios reducidos, presión alta, llegada al área. Era uno de los futbolistas sobre los que Marruecos construía su ilusión de repetir —o superar— el histórico semifinal de Qatar 2022.

Las pruebas médicas confirmaron un esguince del ligamento medial interno de la rodilla derecha. La FIFA aprobó el reemplazo. Amine Sbaï, extremo del Angers que apenas debutó en la selección durante la preparación, ocupó su lugar en la lista. El debut ante Brasil llegará el 13 de junio. Abde lo verá desde fuera.

No hubo una entrada brutal. No hubo un rival que buscara hacerle daño. Fue un amistoso, con la intensidad que tienen los amistosos —que es ninguna— y con las consecuencias que pueden tener los amistosos: las de un partido de verdad. Eso es lo que nadie termina de aceptar.

El fútbol se llenó de partidos que no aportan nada

El calendario del fútbol moderno es una obra maestra de la codicia institucional. Un jugador de élite puede disputar entre 55 y 70 partidos por temporada incluyendo ligas, copas, Champions y compromisos con su selección. Llega a junio con el cuerpo al límite. Las rodillas acumulando golpes. Los músculos cargados de microrroturas. La cabeza pidiendo descanso.

Y entonces empieza la ventana FIFA previa al Mundial. El momento más importante cada cuatro años. El torneo para el que los jugadores llevan toda su carrera preparándose. Y lo que ocurre en esa ventana, en muchos casos, es esto: amistosos en estadios semivacíos de ciudades que acogen el partido porque pagaron bien, contra rivales elegidos por su disponibilidad antes que por su utilidad táctica.

El fútbol inventó la forma perfecta de destruir lo que más le importa: llenar de partidos intrascendentes el momento en que los jugadores son más vulnerables.

El argumento oficial siempre es el mismo: los amistosos sirven para afinar la puesta a punto, probar variantes, dar ritmo a jugadores que salieron de lesión, cohesionar al grupo. Todo eso es real. Pero también es real que la mayoría de los seleccionadores ya tienen sus equipos definidos antes de entrar en esa ventana. Los titulares son titulares. El sistema está instalado. Lo único que queda por hacer es llegar al torneo sano.

Y los amistosos son, exactamente, el mayor obstáculo para lograrlo.

El mes más importante, la protección más baja

Durante años, los clubes pelearon con la FIFA por el calendario. El debate de la ventana de noviembre, la extensión de los períodos de selecciones, el número de partidos en ventanas internacionales: todo eso generó conflictos, negociaciones, amenazas cruzadas entre ligas nacionales y federaciones. Y detrás de cada argumento de los clubes había una misma lógica: nuestros jugadores llegan cansados, rotos, lesionados después de los compromisos con las selecciones.

Esa lógica es correcta. Pero se aplica mal. El verdadero momento de riesgo no es una ventana de noviembre a mitad de temporada. Es este: las dos semanas previas al inicio de un Mundial. Es el momento en que los jugadores acaban de terminar una temporada agotadora y se les pide que compitan en amistosos sin ninguna consecuencia antes del torneo más exigente del planeta.

Es la paradoja más absurda del fútbol moderno: el mes en que más se juega es también el mes en que los cuerpos están más deteriorados y en que cualquier lesión tiene las consecuencias más grandes. Y en ese mes, el sistema decide que hace falta jugar partidos que no cuentan para nada.

No es solo Abde

El caso de Abde es el más visible de esta semana porque Marruecos tiene uno de los debuts más complicados del torneo y porque su ausencia cambia el dibujo del equipo de Walid Regragui ante Brasil. Pero no está solo.

Nayef Aguerd tampoco estará. El defensor central arrastraba una lesión de cadera desde marzo —fractura del pubis, cirugía incluida— y su recuperación nunca terminó de cerrarse. Dos jugadores. Dos bajas. Dos plazas en una lista de 26 que ahora ocupan Amine Sbaï y Marwane Saadane. El plantel marroquí entra al Mundial herido antes de empezar.

Y esto no es una excepción. Es un patrón. Cada edición del Mundial, cada Copa América, cada Eurocopa viene acompañada de una lista de bajas en los días previos al torneo. Jugadores que se lesionan en preparaciones, que llegan justos de tiempo, que terminan en las listas de emergencia cuando el torneo ya empezó. El mecanismo siempre es el mismo. La respuesta siempre es la misma: lamentarlo, reemplazar al afectado y seguir adelante.

Nadie pregunta cuántos de esos casos ocurrieron en partidos que no importaban.

¿Para qué sirve el amistoso?

No es una pregunta retórica. Tiene respuestas válidas:

  • Un seleccionador que acaba de asumir el cargo necesita partidos para conocer a sus jugadores en competencia real.
  • Un jugador que regresa de lesión larga necesita ritmo antes de un torneo importante.
  • Un equipo que acaba de clasificarse para un torneo después de años fuera necesita construir cohesión desde cero.

En esos casos específicos, el amistoso tiene sentido. El problema es que el fútbol no distingue. Juegan dos amistosos todos: los que los necesitan y los que no. Los que están construyendo algo y los que ya lo tienen construido. El que acaba de llegar al puesto y el que lleva cuatro años con el mismo sistema instalado. Y todos asumen el mismo riesgo.

Marruecos no necesitaba ese partido contra Noruega para saber lo que tiene. Regragui llevaba semanas preparando el debut ante Brasil. La plantilla es la misma que llegó a semifinales en Qatar. El amistoso existió porque había un hueco en el calendario y alguien decidió llenarlo. Y ese hueco en el calendario le costó a Abde su Mundial.

El sistema que se protege a sí mismo

Lo más difícil de cambiar en el fútbol no son las reglas del juego. Son los intereses detrás de cada partido. Un amistoso internacional genera contratos con federaciones locales, ingresos por derechos televisivos, patrocinios, publicidad. Hay dinero en jugar ese partido. No hay dinero en no jugarlo.

El jugador que se lesiona no tiene lobby. La selección que llega incompleta a un torneo tampoco. El debate dura tres días, se cierra con el inicio del torneo y vuelve a abrirse cuatro años después con el siguiente caso. Mientras tanto, el sistema sigue generando fechas, llenando calendarios, jugando partidos que no importan en el momento en que más importa estar entero.

Abde Ezzalzouli tenía todo para ser una de las figuras de Marruecos en este Mundial. Velocidad, desequilibrio, gol. Un jugador en el mejor momento de su carrera, en el torneo más grande del mundo. Un córner intrascendente en un partido sin consecuencias lo dejó en casa.

El partido contra Noruega terminó 1-1. Eso es todo lo que importó. El resultado no cambió nada. La lesión, sí cambió todo. Y esa distancia entre lo que un partido vale y lo que puede costar es exactamente el problema que el fútbol lleva años eligiendo no resolver.

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